Tenemos dos inteligencias. Una es cognitiva  ̶ lo que sabemos ̶ , la otra es emocional  ̶ lo que sentimos ̶ . Ambas se sirven de conceptos. Conceptos que aprehendemos mientras vivimos. Conceptos que determinan nuestras percepciones. Pero una sin la otra no sirve. Lo que sabemos intelectualmente tiene un color emocional. El rojo es un color que conocemos pero la experiencia con el fuego o con la sangre califica al color con una emoción intensa. El verde es esperanza y las rosas blancas son de amistad.

Compartimos la idea de educar la inteligencia y nos preocupa el Coeficiente Intelectual de nuestros hijos. También debería preocuparnos la educación de las emociones, y ni siquiera disponemos de tests para medir la madurez emocional. Sobrevaloramos las capacidades racionales aún cuando sabemos que son otras las habilidades que conducen al éxito: la motivación, la inteligencia práctica, las habilidades sociales, la creatividad o el apropiado autocontrol emocional.

La inteligencia cognitiva nos hace perfectos y la inteligencia emocional nos hace humanos. Parece que la esencia del Ser humano brota de su imperfección. Educar nuestra inteligencia emocional será un largo camino de aprendizaje del autodominio, similar al aprendizaje del manejo de la mano. Al principio la mano es torpe y poco a poco la especializamos en tareas moduladas con precisión. Un día podríamos interpretar una partitura al piano con nuestras propias manos.

La materia básica de la educación emocional son las emociones. Las emociones son estados del sentir. Pura energía nerviosa que recorre nuestro cerebro. Los niños nacen con todas las emociones y las experimentan sin control alguno sobre ellas. Nosotros somos sus educadores, sus modelos del sentir. Debemos aceptar todas las emociones infantiles. Todas son aceptables. Los que no son aceptables son los comportamientos que en ocasiones se derivan de ellas. Tanto es así que no podremos entender el comportamiento de nadie si no nos interrogamos por el impulso emocional que lo ha desatado. Desde esta lógica no debemos castigar las conductas sino mostrar al educando el modelo de afrontamiento correcto de la situación emocional: siempre deberíamos elevar el nivel de consciencia, ¿qué estoy sintiendo, porqué lo siento, cómo se llama lo que me pasa, qué se debe hacer en esta situación para ser persona, cómo afectará a los demás mi reacción, me dejo llevar o me controlo, a qué consecuencias me expongo…?

La educación de las emociones inexcusablemente llama a la puerta de nosotros mismos. ¿Qué modelo emocional muestro a mi educando? El autoanálisis nos librará de las incoherencias. Gritar para que los niños callen será peor solución que callar para que callen. Ellos y ellas serán como nosotros, y sus hijos también.

Nuestra relación humana es puramente psicológica. Debemos librarnos de ideologías cosificadoras que ven al niño en desarrollo como un autómata programable. Si somos capaces de interpretar las emociones que nuestros hijos experimentan, podremos comunicarnos con ellos para pedirles cambios internos y voluntarios. No es lo mismo atemorizar para conseguir lo que queremos que explicar lo que queremos conseguir. Si el castigo es suficientemente severo un niño puede extinguir su conducta sin poner su voluntad en ello, pero será signo de madurez que no la repita por decisión propia. Y este sí será un verdadero cambio en su comportamiento. Llegada la hora de abrir la caja del tesoro, abrámosla. Lo que hay dentro de un Ser humano es humanidad. Tanta como le hayamos metido dentro.

 

Javier Abellán