Nos parece natural que se nos dé la vida sin cobrarnos nada por ella. Así lo percibimos cuando somos niños. Nos amamantan, nos visten, nos dan calor y cariño gratuitamente; Santa Clauss o los Reyes Magos nos regalan maravillosos juguetes a cambio tan sólo de un pensamiento mágico. Nuestros padres nos compran la mochila, los libros y hasta el ordenador con conexión a Internet para que podamos estudiar y aprender. Nos dan la paga de la semana y al parecer tenemos derecho a pedir un incremento con vistas al fin de semana. Pero poco a poco la infancia se nos acaba y la certidumbre de que la vida es gratis, también.

 Hubo un tiempo en que nadie hubiera creído que tendríamos que pagar por el agua fresca y limpia que bebemos. Y sin embargo, vamos comprendiendo que está cerca el día en que tendremos que pagar por el aire que respiramos. De la misma manera podría decirse que la infancia es un paraíso y la edad adulta una esclavitud. Nos crían en la inocencia y luego nos arrojan a un infierno económico en el que cualquier deseo tiene un precio, y la inflación sube en la misma proporción que la intensidad de nuestros deseos.

 No es extraño que los padres hagamos lo posible por mantener a nuestros hijos en el limbo de la gratuidad, retrasándoles hasta donde sea posible la vivencia del pago; sobreprotegiéndoles para que su infancia dure y dure.

 El resultado habitual es que el niño crece con la seguridad de que sólo por existir ya tiene adquirido el derecho natural a satisfacer todos sus deseos y necesidades. Puede llegar a la conclusión de que su propia existencia es un mérito suficiente que le hace acreedor de esos derechos: cuando ve la felicidad que provoca en sus progenitores comprende su verdadero valor. Para sus adentros debe decirse algo así como “soy hijo luego soy diamante”.

 Si nuestro comportamiento como educadores consiste en darle todo gratis a nuestro querido y deseado hijo-diamante, posiblemente estemos cometiendo un error decisivo que puede afectar al curso de toda su vida.

 De manera que cuando esa situación ya se ha dado, lo que más nos escandaliza es precisamente la ausencia de valores que el hijo expresa en sus actitudes: prepotencia, holgazanería, despilfarro y en no pocos casos hasta xenofobia y sexismo. Cuando bastaría con que nos moviéramos ligeramente desde nuestra posición de soporte para verles caer irremediablemente, ya que les hemos hecho incapaces de sostenerse a sí mismos.

 El concepto de “adolescencia” se ha inventado para reflejar esta situación. El adolescente “adolece” de todo aquello a lo que, sin embargo, es capaz de aspirar, y si algo tiene es porque sus adultos se lo regalan de buena fe. Hoy en día con facilidad se puede llegar hasta los treinta y tantos careciendo de autonomía financiera, casa y familia propia.

 Si somos adultos, padres y educadores responsables debemos intentar prevenir esta situación mientras estemos a tiempo, arbitrando tres tipos de medidas:

  1. Educar a los hijos dentro del principio de la realidad, sin miedo a que la contemplen y la perciban tal y como es de verdad, hasta el punto de permitirles experimentar las frustraciones propias de quien teniendo deseos, sabe que el camino será largo hasta lograr alcanzarlos. Así se construirá el concepto del “valor” y el respeto por lo conseguido a través del propio esfuerzo. Los niños tiene derecho a protestar y siempre debemos atender sus lamentos, pero eso no significa que debamos concederles gratuita e instantáneamente todo lo que solicitan.
  1. Educar a los hijos para la resolución de sus propias necesidades, dotándoles de un franco sentimiento de capacidad y confianza en sí mismos, gracias a un entrenamiento sistemático en el esfuerzo y el trabajo hasta llegar a consolidar los hábitos que les permitirán enfrentarse de forma adecuada a los retos que se les presentarán durante toda su vida. Aquellos que nunca llegan a acostumbrarse al trabajo diario tienen tres problemas: se conforman con menos cantidad o menos calidad, desconfían de sus propias capacidades y sobre todo, desconocen el ahorro de tiempo y energía que se deriva de la automatización de las tareas.
  1. Educar a nuestros hijos nosotros mismos, sirviendo de cauce a su identidad con nuestra propia identidad, regalándoles el tiempo de nuestra vida, mostrando interés por la de ellos, compartiendo nuestras experiencias, nuestros sentimientos y nuestras ideas, sin lamentarnos por todas las veces que no estamos junto a ellos y dando una alta calidad a nuestra relación personal, evitando observarlos en vez de participar. Cuando falta vocación para ejercer de padres satisfacemos nuestro sentimiento de culpa compensándoles con objetos materiales, que en definitiva acaban produciéndoles insatisfacción porque de ellos no obtienen la nutrición que les da la forma humana.

 Es cierto que afortunadamente cada hijo tiene su propio carácter, temperamento y personalidad, pero esto no nos disculpa de nuestra obligación de aprender a valorarlo en su medida, para que adaptando nuestra educación a sus características lleguemos a hacerle capaz de ganarse la vida.

Javier Abellán