Los trastornos psíquicos en la infancia provocan un malestar y un sufrimiento interno que puede presentarse bajo distintos aspectos: la ansiedad, la angustia, las fobias, los pensamientos obsesivos y las compulsiones a realizar este o aquel acto, la inhibición de la expresividad y los sentimientos depresivos, son manifestaciones que el clínico debe tomar en consideración.

Pero antes de entrar en su estudio debemos hacer algunas consideraciones:

  • El modo como el niño intenta expresar y comunicar su sufrimiento interno a su entorno es muy distinto al del adulto. El niño no explicita con lenguaje lo que siente, pero sí niega sus miedos y centra sus quejas en su cuerpo o en su entorno, pero más frecuentemente deberemos interpretar sus manifestaciones ruidosas y molestas.

  • Debemos comprender que los adultos desconozcamos frecuentemente el sufrimiento de los niños. La imagen idealizada de la infancia como un periodo de felicidad no turbada es una fantasía proyectada por los adultos. A los padres nos resulta difícil evitar sentirnos culpables de todo aquello “que no funcione bien en nuestros hijos”. Interpretamos las crisis de ansiedad como “rabietas”, las fobias como “caprichos”, la inhibición como “mala voluntad” y llamamos “vago” al niño que se siente deprimido.

Definición de ansiedad en la infancia y la adolescencia

Ansiedad: emoción adaptativa que previene de peligros reales (se siente miedo y ansiedad)

Según su intensidad representa un papel distinto: los niveles moderados son adecuados para optimizar la atención y la motivación; altos niveles provocan sufrimiento psicológico y deterioro en la vida del sujeto con incidencia en trabajo, estudio y relaciones personales, así como el consumo de drogas, abuso de alcohol, o de medicación tranquilizante. Son los trastornos de ansiedad. Los estados en que el organismo es inundado de cantidades de excitación que sobrepasan su capacidad de control se llaman estados traumáticos. Las descargas vegetativas involuntarias de emergencia poseen esta cualidad.

4 de cada 10 personas pueden experimentar los síntomas de la ansiedad actualmente.

La ansiedad es una emoción desagradable, comparable al miedo. La diferencia es que al miedo le podemos encontrar una causa concreta. En la ansiedad se siente el miedo pero sin que lo provoque objeto alguno.

Debemos diferenciarla también de la angustia, pues aunque esta también produce aumento de la tasa cardiaca y respiratoria, temblor muscular y sudoración, incluye la vivencia de un “nudo” en el estómago y opresión en el pecho, dejando a la persona paralizada y encogida sobre sí misma, quizás balanceándose, en el caso de la ansiedad, se percibe un sentimiento desagradable de peligro inminente, indefensión y tensión y expectativa ante una supuesta amenaza. La persona ansiosa suele estar inquieta, caminando sin rumbo, quizás tirando de sus ropas o cabellos, dando vivas muestras de estar buscando alivio.

En los niños se consideran normales y adaptativos los miedos, como un componente más del desarrollo. Son evolutivos, transitorios, preparan al niño para enfrentarse a posteriores situaciones de estrés y pueden ser generados internamente por el propio sujeto.

Las fobias son miedos desproporcionados respecto al peligro, son persistentes, se aceptan como irracionales, son involuntarios y llevan al niño a evitar la situación temida.

La ansiedad es sensación de desasosiego, inquietud o malestar, similar al miedo, pero que ocurre sin amenaza externa evidente y sin relación con situaciones o estímulos antecedentes específicos, y las reacciones fisiológicas son más intensas y duraderas que en el miedo.

Causas que pueden provocar la ansiedad

Enseñamos a los niños a tener miedo de los peligros (el horno encendido). Nuestros gritos y sustos, junto a sus propias experiencias les hacen sentirse ansiosos frente al peligro. Se aprende también por ver las consecuencias o por que alguien te las relate (“en esa atracción de feria se mató un niño”) es suficiente para provocar la ansiedad. El mecanismo adaptativo de la ansiedad puede producir falsas alarmas frente a situaciones inofensivas. Aparecen así los trastornos de ansiedad como síndrome clínico.

La crisis suele desatarse a partir de alteraciones corporales anárquicas y desmedidas que no pueden ser interpretadas ni controladas por el sujeto, ni tienen valor adaptativo, pues suponen una preparación para un enfrentamiento brutal con un arsenal que luego no puede ser descargado. El sistema nervioso simpático, con su acción estimulante ha puesto en marcha un arsenal de mecanismos que preparan para la lucha: disminución del riego sanguíneo a las vísceras para aumentarlo en los músculos, parada del aparato digestivo para ahorrar energía (sensación de nudo en el estómago), dilatación de pupilas para favorecer la visión, aceleración del corazón para que bombee más sangre a los músculos, aumento de la capacidad de coagulación de la sangre en previsión de heridas, y aceleración de la respiración para aportar más oxígeno al cerebro y a los músculos.

Lo peor es que la crisis de ansiedad se retroalimenta; los primeros síntomas producen temor y alarma y estos alimentan la producción de más adrenalina, lo que aumenta los síntomas, creando un círculo vicioso neurotizante. La solución será perder el miedo a lo que está ocurriendo y permitir la disolución de los síntomas, ya que es evidente que se trata de una falsa alarma y los síntomas no van a seguir creciendo indefinidamente.

Los primeros miedos de los niños se expresan durante el primer año de la vida en forma de excesiva sensibilidad hacia las personas desconocidas, en demostración de que comienza a distinguir a las personas que son significativas para su vida. A partir de la 4ª semana reconocen a la madre, y a partir del 4º mes demuestran ansiedad frente a los extraños. A los 8 meses el punto culminante de su capacidad para diferenciar le lleva a un estado mucho más intenso de angustia. Parece que con cada nueva capacidad intelectual, emocional o motriz se despiertan nuevas ansiedades

Tipos de trastornos de ansiedad en la infancia

-trastorno de ansiedad de separación (por ir a la escuela, dormir solos, quedarse solos o ir a campamentos, si la ansiedad es excesiva para la edad del niño y se mantiene 4 semanas)

-trastorno de pánico (crisis de ansiedad, miedo a tener miedo, interpretación catastrófica de sensaciones físicas)

-agorafobia (crisis de ansiedad asociada a determinados lugares, se trata de evitar esos sitios de manera fóbica, el agorafóbico se recluye en un falso círculo de seguridad)

-fobia social (no es timidez pues esta no incapacita, el fóbico ve la vida social como amenazante, tiene miedo de sufrir una crisis de ansiedad en público)

-fobias específicas (al médico, al perro, a la tormenta, son miedos irracionales y desproporcionados, escapar de la situación es el elemento que mantiene el miedo)

-trastorno obsesivo-compulsivo (el que sufre la obsesión la considera ridícula, pero no sabe como librarse de ella, aunque lo intenta con actos compulsivos que sólo funcionan transitoriamente, el ritual es una cadena de compulsiones)

-trastorno por estrés postraumático (se produce tras ver peligrar la vida, se reexperimentan los hechos, pero el estrés generado lleva a la evitación de todo recuerdo, la ansiedad hace sentir a la persona que su vida ya no tiene sentido, mientras mantiene una vigilancia extrema, el trauma precisa de un tiempo para elaborar el duelo, la negación sólo empeora las cosas)

-trastorno por estrés agudo (igual que el postraumático, pero los síntomas duran menos de un mes)

-trastorno de ansiedad generalizada (es una ansiedad flotante no focalizada en ningún objeto o situación concreta, se da facilidad para preocuparse siempre por muchas cosas generando síntomas físicos)

(en todos estos trastornos la intensidad, la frecuencia o la repercusión de los síntomas varía hasta el límite del diagnóstico)

-trastorno adaptativo (si la ansiedad tiene justificación por los acontecimientos estresantes y puede acompañarse de síntomas depresivos)

-trastorno reactivo de la vinculación de la infancia (en caso de crianza patológica, con desatención afectiva y otras carencias que impiden la formación de vínculos estables)

Síntomas de la ansiedad en la infancia y la adolescencia

-tensión muscular

-palpitaciones

-manos o pies fríos, escalofríos u oleadas de calor

-necesidad de evitar sitios, animales o personas

-náuseas, vértigos, temblores

-dudas reiteradas, preocupaciones excesivas

-asociada a situaciones (avión, ascensor, alturas)

-crisis repentina sin motivo aparente

Las descargas de adrenalina (hormona tipo catecolamina) son las responsables de todos estos síntomas. Se sintetiza en la glándula suprarrenal, y al liberarse en la sangre ejerce su efecto sobre todo el organismo. Su síntesis y liberación no están controladas por la voluntad, pero hay estímulos que provocan su liberación brusca con determinados efectos fisiológicos:

  • Aumento de la tasa cardiaca

  • Disminución y posterior aumento de la vasodilatación de la piel y la sudoración

  • Disminución y posterior aumento de la tasa respiratoria

  • Dilatación de las pupilas

  • Aumento de la glucosa circulante

  • Disminución de la actividad digestiva

  • Vivencia psíquica de irritabilidad, tensión e intranquilidad

La adrenalina coloca al cuerpo en una situación de emergencia, poniendo en marcha mecanismos fisiológicos de defensa frente a amenazas tanto reales como imaginarias.

En el niño las manifestaciones de la ansiedad y la angustia son difíciles de descubrir y pueden tomar muchas y variadas formas:

  • Malestar general del niño, perceptible en su aspecto, sus gestos, su voz, su rostro. Muestra un estado de inquietud y de temor permanente, está al acecho manteniendo una vigilancia exacerbada y tiene miedo de todo

  • Perturbaciones funcionales del sueño, de la alimentación y de la esfera digestiva.

  • Quejas somáticas variadas, como dolor de vientre, de cabeza, vómitos, sobretodo cuando han de enfrentar la separación de su entorno familiar o deben dirigirse a la escuela.

  • Pasos a la acción espectaculares, agresivos o no, conductas de oposición colérica o de inhibición silenciosa.

  • La expresión de fantasmas angustiosos en las historias, los juegos o los dibujos de los niños.

  • Mutismo selectivo, antes de los 5 años y que suele durar varios meses.

Mecanismos de la ansiedad

Cuatro factores:

  1. Las situaciones: la ansiedad se despierta en determinadas situaciones que el sujeto conoce.

  2. El organismo: las diferencias individuales heredadas y adquiridas en cuanto a la tendencia a padecer ansiedad por predisposición genética y a reaccionar fisiológicamente con síntomas de ansiedad frente a situaciones que para otras personas resultan inofensivas. Otros factores encubiertos se relacionan con el uso de alimentos o sustancias que despiertan la ansiedad: cafeína (bebidas de cola, chocolate), alcohol, anfetaminas y otras drogas. Otras sustancias reducen la ansiedad, como los ansiolíticos y antidepresivos, que producen sedación, aunque no resuelven el problema por sí solos. La respuesta ansiosa se aprende y también se puede aprender a controlarla. En el aprendizaje y experiencia vital incluimos la autoestima y las habilidades sociales (en concreto, la asertividad).

  3. La respuesta ansiosa: son los síntomas de la ansiedad, que clasificamos en tres tipos: cognitivos (pensamientos e imágenes mentales), fisiológicos (sensaciones físicas) y motores (pueden verlos los demás).

  4. Las consecuencias de la propia respuesta ansiosa: si la manera en que afrontamos nuestra propia ansiedad es inadecuada estaremos cerrando el círculo del trastorno ansioso. Lo normal es que tratemos de huir de las situaciones que despiertan la ansiedad, pero así sólo conseguiremos agravar el problema. Aliviar los síntomas no significa acabar con el problema. Debemos encontrar soluciones que nos proporcionen un bienestar duradero. La evitación de las situaciones que nos producen ansiedad conlleva la aparición de problemas a largo plazo.

En definitiva, el miedo es miedo a tener miedo, y afrontar los miedos es la solución, pues nos permite comprobar que las consecuencias son siempre menores que lo esperado o nulas. No debemos permitir que lo posible se imponga a lo probable. Debemos comprobar la realidad para sentir como la ansiedad se diluye.

Los niños están más indefensos frente a las inseguridades, de manera que están más abocados a la ansiedad que los adultos. Es característico ver a los niños ponerse sobreactivos, moviéndose continuamente por la habitación, como si tuvieran un motor interno que no puede parar (parecen hiperactivos).

En los niños la ansiedad es el resultado de sentimientos básicos de inadecuación e inferioridad. Al haber sido criticado en sus faltas se siente culpable y con miedo e inseguridad frente a nuevas situaciones o en las relaciones sociales. Si el niño se siente culpable en la infancia y constantemente lucha por conseguir la aprobación de sus padres, puede sentirse angustiado frente a otros adultos que puedan desaprobarle o corregirle en el futuro.

No olvidemos que los problemas y tensiones del hogar y de la pareja pueden producir en el niño una dosis considerable de ansiedad.

Orientaciones para enfrentar la ansiedad

Ahora conocemos qué es la ansiedad, cuáles son sus síntomas, cómo se desencadena y los mecanismos que la alimentan.

Para ayudar al sujeto a vencer su ansiedad, debemos ayudarle a comprenderla:

  • Lo primero es identificar las situaciones que desencadenan la respuesta ansiosa. Buscaremos tanto las situaciones temidas como los síntomas que por sí mismos, al sentirlos, pueden funcionar como disparadores de la ansiedad. Analizaremos las situaciones, los pensamientos y las sensaciones corporales.

  • A continuación analizaremos la actuación del sujeto tratando de evitar sentir esa ansiedad. Si lo que hace es reductor de la ansiedad, pero sólo es huida, evitación, repetición obsesiva, entonces ya comenzamos a comprender el mecanismo y por lo tanto a encontrar una vía de solución.

  • Recordemos que el trastorno será un problema que necesita solución cuando interfiere la vida cotidiana, si afecta la vida laboral o académica y distorsiona la relación con los demás.

Una vez comprendida debemos ayudar al sujeto a encontrar el camino que alivie la tensión, pero que no alimente el mecanismo activador de la ansiedad, para así poco a poco, invitarle a hacer frente a las situaciones desencadenantes con un adecuado control de sus síntomas físicos, mentales y de actuación.

Son múltiples las técnicas que podemos utilizar para preparar al sujeto:

  • Relajación muscular

  • Control de la respiración

  • Autohipnosis

  • Análisis y solución de problemas (evaluación de alternativas y elección)

  • Reenfoque cognitivo (tomar distancia para ver con realismo)

  • Positivización del autoconcepto (lo que creemos ser)

  • Elevación de la autoestima (el valor que nos concedemos)

  • Entrenamiento en asertividad (evitar la agresión y la sumisión en las relaciones sociales)

  • Dejar de evitar y enfrentar las situaciones temidas (es el último paso, y hay que darlo de forma imaginada primero, y después en vivo, pero de forma gradual)

Aunque la medicación puede ayudar en los casos de ansiedad aguda, normalmente los niños ansiosos responden bien a un tratamiento psicológico. Cuando la ansiedad es debida a sentimientos de inseguridad e inferioridad, el terapeuta debe ayudar a evaluar las experiencias pasadas, para enfrentar los conflictos y frustraciones que están en la base de dicha ansiedad, para que la mejora del autoconcepto y de la autoestima le permita enfrentarse a la vida con más seguridad y confianza en sí mismo.

El terapeuta debe dedicarse tanto a los niños como a los padres, ya que estos deben comprender cómo con su comportamiento educativo pueden desencadenar la ansiedad del niño. Al mejorar la dinámica familiar el niño se adapta mejor. De ahí la utilidad de la terapia de tipo sistémico.

Para prevenir en los niños la aparición de ansiedades debemos proporcionarle un ambiente educativo ideal. Estos son 10 puntos para lograrlo:

1. Hacer que el niño se sienta seguro

2. Procurar que se sienta querido y aceptado

3. Huir de las amenazas, los castigos y los miedos

4. Hacer que poco a poco adquiera responsabilidades e independencia

5. Cuando manifieste sus instintos y sentimientos, no regañarlo, comprenderlo y sobre todo orientarlo

6. No exigirle lo que no se le ha dado primero

7. No compararle con otros ni crearle sentimientos de inferioridad

8. Estar abiertos a la comunicación y mostrar interés por sus cosas

9. Mostrarle un modelo sereno y tolerante de afrontamiento de los conflictos

10. Interpretarle como un niño que está construyendo su identidad y personalidad, y no verle como “un adulto en miniatura”.

Javier Abellán

Bibliografía

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